Spiderman es una película que me gustó mucho cuando la vi. Supongo que sigo con ese pensamiento, aunque hace mucho que no la veo. Pero a muchos nos llegó al corazón la frase un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
Durante la película se podía visionar el proceso de la picadura de la araña en aquella excursión universitaria. Una nunca antes había pensado en las consecuencias que una picadura de ese tipo podía tener, aún a sabiendas que me encontraba ante una peli de ficción.
Pero el recuerdo siempre queda ahí, y la aracnofobia suele aumentar de tal manera que crecen las ganas de comer chocolate tras ver Charlie y la fábrica de chocolate.
¿Que a qué viene todo esto?
Pues esta mañana estaba yo en la cama, con mi madre gritando cada pocos minutos insistiendo en que me levantase, como le gusta hacer. En esos momentos sólo remoloneo, intento seguir durmiendo, y cada vez que intento despertarme, el sueño hace que vuelva a cerrar los ojos.
Pero en uno de esos intentos por abrir los ojos la ví. Ahí estaba ella, dirigiéndose hacia mi desde el techo. Ella Laraña. Estoy acostumbrada a ver arañas en casa, pero nunca se habían dirigido hacia mi de esa manera. A mi mente vino la escena de Spiderman. Cierto es que mi araña en nada se parecía a la blaugrana criatura de la peli, ni a la peluda y enorme contra la cual luchó Frodo. Pero sí tenía una cosa en común con ellas: también tenía 8 patas.
El sueño se disipó en seguida, salté de la cama sin porferir ningún grito de terror y actué. Calculé la trayectoria: ella en la pared, grande y de cuerpo fino, de esas que una vez muertas parecen muy poca cosa. Y allí estaba yo, con mi zapatilla rosa en la mano y calculando el golpe.
ZAS. Araña muerta. Problema resuelto salvo en un punto ... me hizo tener que levantarme de la cama ¬¬
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miércoles, 29 de abril de 2009
sábado, 4 de abril de 2009
Canelo
Esta es la historia de como Canelo ha llegado a mis manos. La historia de Canelo, el pez con nombre de perro.
Esta mañana me reuní con Hakka. Los dos teníamos la misma cara de vitalidad que un noctámbulo puede tener a las 11 y pico de la mañana. Ese fue el momento en el que me hacía cargo del pez de Troncho.
Me dirigí al coche con una bolsa naranja. Dentro de la bolsa, un pez naranja en su pecera, y su comida. Hice una parada en una tienda de ultramarinos para comprar una botella de agua mineral para cambiarle el agua. A punto estuve de comprar la de 5 litros ... pero cruelmente pensé "y si se muere, para qué voy a comprar tanto agua?". Así que opté por la de 1,5 litros, que la pecera tampoco tiene unas medidas excepcionales.
Llegamos al coche. Busque una posición en la que el pez fuese lo más tieso posible sin que los vaivenes del coche derramarán el agua. Conducí hasta casa más despacio de lo habitual, mirando mucho al pez, y en ocasiones, intentando agarrar la pecera al tiempo que manejaba el volante.
Tras un camino lento pero seguro, llegamos a casa. Canelo y yo fuimos a la cocina. Cogí un vaso, lo llené del agua de la botella, y cogí un colador. Atrapé al pez con el colador, y lo eché en el vaso. Una vez que el pez estaba en su medio natural, cambié el agua de la pecera. Sin mierda de pez se veía más bonita. Llené la pecera de agua, eché de nuevo al pez y le di de comer.
El pez no se movía demasiado. Al rato decidí echarle un poco más de agua templada, y parece que desde entonces se mueve más, ya no está tanto por el fondo, situación que me empezaba a dar miedo.
Ahora bien, la comida no la ha tocado, ya no sé si porque la ha visto o no la quiere, o porque esté haciendo honor a su nombre: el canelo.
Esta mañana me reuní con Hakka. Los dos teníamos la misma cara de vitalidad que un noctámbulo puede tener a las 11 y pico de la mañana. Ese fue el momento en el que me hacía cargo del pez de Troncho.
Me dirigí al coche con una bolsa naranja. Dentro de la bolsa, un pez naranja en su pecera, y su comida. Hice una parada en una tienda de ultramarinos para comprar una botella de agua mineral para cambiarle el agua. A punto estuve de comprar la de 5 litros ... pero cruelmente pensé "y si se muere, para qué voy a comprar tanto agua?". Así que opté por la de 1,5 litros, que la pecera tampoco tiene unas medidas excepcionales.
Llegamos al coche. Busque una posición en la que el pez fuese lo más tieso posible sin que los vaivenes del coche derramarán el agua. Conducí hasta casa más despacio de lo habitual, mirando mucho al pez, y en ocasiones, intentando agarrar la pecera al tiempo que manejaba el volante.
Tras un camino lento pero seguro, llegamos a casa. Canelo y yo fuimos a la cocina. Cogí un vaso, lo llené del agua de la botella, y cogí un colador. Atrapé al pez con el colador, y lo eché en el vaso. Una vez que el pez estaba en su medio natural, cambié el agua de la pecera. Sin mierda de pez se veía más bonita. Llené la pecera de agua, eché de nuevo al pez y le di de comer.
El pez no se movía demasiado. Al rato decidí echarle un poco más de agua templada, y parece que desde entonces se mueve más, ya no está tanto por el fondo, situación que me empezaba a dar miedo.
Ahora bien, la comida no la ha tocado, ya no sé si porque la ha visto o no la quiere, o porque esté haciendo honor a su nombre: el canelo.
miércoles, 18 de marzo de 2009
Copito y la donación
A continuación ustedes podrán leer el escabroso relato que le ha acontecido esta tarde a la narradora de los hechos. Las frases que lo componen pueden haber sido alteradas y rodadas bajo los rótulos de ficción publicitaria. No dejen a sus hijos solos e indefensos ante este relato. Cualquier parecido con la realidad es todo lo cierto que ustedes quieran considerarlo. Lea detenidamente las instrucciones de uso de este relato, de lo contrario, usted podrá acabar aquejado de fuertes dolores del ventrículo izquierdo.
Tras una tarde de dura tarea estudiantil, Copito se vió en la encrucijada de cómo hacer tiempo entre las 8 de la tarde y las 9.30 de la noche. Dicho así, parecía que un gran espacio temporal le separaba de su destino, pero en el fondo sólo era una hora y media.
Ante ella se desplegaron dos opciones, las dos demasiado tentadoras como para dejarlas pasar. La primera de ellas era ir a tomar un refrigerio con unas amigas. Un plan muy apetecible, pero no del todo cuando el bolsillo te recuerda que sólo dispones de 1,65€. El otro plan era dirigirse hasta el paseo Zorrilla para donar sangre, un gesto altruísta que se ve recompensado con una bebida. Copito comprobó gracias a su máster en cálculo avanzado que el denominador común de ambas propuestas confluía en la bebida. Y como hacía tiempo que no donaba sangre, lo consideró oportuno.
Con la opción escogida ya en el bolsillo, Copito caminaba por las calles de su querida ciudad hacia el destino seleccionado: el Centro de Hemoterapia y Hemodonación. Copito disfrutaba todas y cada una de las notas que se escuchaban a través de su reproductor, y en más de una ocasión, quiso cumplir su sueño de convertir su vida en un musical. Se veía cantando a Raphael encima de un banco mientras el resto de la calle hacía los coros, los niños bailaban una coreografía hecha por Lola la de Fama y su príncipe azul se dirigía hacia ella con un look emo-pijo mientras conducía un flamante Audi TT. Pero Copito no realizó su sueño porque su tarea era ir a donar sangre, así que dejó su sueño para el momento en que los Jonas Brothers sacaran al mercado un disco recopilatorio.
Tras un camino de lo más apacible, Copito llego al centro anhelado. La gente allí irradiaba simpatía, los ojos de la recepcionista parecían hacer chiribitas al ver aparecer a un cero negativo. Esa gente valora esa sangre tanto como Drácula la de sus víctimas. Tras entregar su carnet y disponer de la ficha de donación, se dispuso a rellenarla. No había estado embarazada en los últimos 6 meses, no se había hecho ningún tatuaje, no había vivido en Inglaterra por más de un año entre unos años muy raros en los que supongo que algo malo pasaría, no tenía la enfermedad congénita de nombre impronunciable, no había mantenido recientemente prácticas sexuales de riesgo y de las normales, menos. Copito era, por definición, una persona medianamente normal.
El sudor corría ya por su frente, pues estaba ansiosa por donar al mundo un poco de vida, por facilitar un trasplante de corazón, por ayudar en una operación a vida o muerte. Copito no soportaba tener que esperar, por eso su sonrisa fue tremenda cuando fue llamada a "la sala". "La sala" era ese extraño lugar en que a uno le toman la tensión, le comprueban los niveles de los componentes que forman la sangre y le preguntan a una el peso sin juzgarla.
Tras responder a las preguntas de la amable señorita, y comprobar como la tensión era correcta, llegó la hora de la prueba de hemoglobina. Para Copito era más doloroso el hecho de que le pincharan en el dedo que el hecho global de que a una le saquen casi medio litro de sangre. Pero ella no se amedrentó y extendió su dedo firme y segura. La amable señorita pinchó en el dedo, y virtió la sangre extraída en un bote lleno de un líquido azul.
La gota de sangre no se hundió. Copito sabía que algo iba mal, pues esa gota siempre tiene que caerse y llegar lo más próximo a la base del bote. Pero su gota no lo hizo. Copito comenzaba a deseperarse, no quería ver truncada su donación. Pero no todo estaba perdido, pues sabía que en esos casos existía un aparato electrónico que lo medía.
La amable señorita depositó la sangre en una pequeña placa que a su vez introdujo en el aparato. Los segundos pasaban y parecían interminables, como quien espera el veredicto de un juez. Un pitido interrumpió el silencio que se había dado entre la amable señorita y Copito. La amable señorita miró la pantalla del aparato para decir la frase que cambiaría la vida de Copito para siempre:
"Tienes la hemoglobina un poco baja, así que no puedes donar. Ve a tu médico de cabecera para que te haga una analítica, no sea que necesites un aporte extra de hierro"
Copito explotó en lágrimas en ese momento. "¿Sabe cuánta gente en estos momentos necesita ahora mi sangre, lo sabe? Mi hemoglobina está perfectamente y no me voy a fiar de una máquina que pita para dar sus resultados, es como si ahora me diese por fiarme de los pitidos que otros coches lanzan cuando me salto los semáforos en rojo, eso sería inaudito. Usted va a falsificar ese informe y hará creer a sus superiores que yo estoy perfectamente, ¿me oye? La vida de la gente no puede esperar, así que, si es necesario, sáqueme 4 litros de sangre, aunque luego me toque estar ingresada. Señorita, HE VENIDO A DONAR. ¿Lo entiende? A DONAR. No puede acabar con mi carrera de donante así como así. ¿Me entiende? ¿Me entiende?"
Las palabras de Copito se vieron ahogadas por lágrimas al no poder continuar aquello. Se sentía tan indefensa como cuando se enteró de que Amaia dejaba a la Oreja. O peor que aquella vez que su amigo invisible la abandonó por Cásper. E incluso fue más horrible que la noche en que estuvo llorando porque Chiquilicuatre no ganó Eurovisión. Copito se había hecho un ovillo y no dejaba de recitar versos en arameo en un rincón de la habitación. No quería irse de allí sin que le sacaran sangre, aunque fuese por encima de su cadáver.
Pero por desgracia, la sacaron de allí. Hicieron falta 5 agentes del orden para mover a la paralizada e indefensa Copito, sumida en la miseria tras no poder donar. Recogió con una inquietante melancolía su carnet de donante y lo tiró en la papelera de la puerta. Ya de nada le serviría. La vida había llegado a su fin ...
...
...
...
... ¡hasta que llegó a la puerta! Fue pisar la calle y Copito volvió a sonreír, a coger paso ligero y a pensar en como sería el próximo capítulo del musical de su vida. Lo último que se sabe de ella es que quería meter a Umpa Lumpas que bailaran en una fábrica de hierro.
Tras una tarde de dura tarea estudiantil, Copito se vió en la encrucijada de cómo hacer tiempo entre las 8 de la tarde y las 9.30 de la noche. Dicho así, parecía que un gran espacio temporal le separaba de su destino, pero en el fondo sólo era una hora y media.
Ante ella se desplegaron dos opciones, las dos demasiado tentadoras como para dejarlas pasar. La primera de ellas era ir a tomar un refrigerio con unas amigas. Un plan muy apetecible, pero no del todo cuando el bolsillo te recuerda que sólo dispones de 1,65€. El otro plan era dirigirse hasta el paseo Zorrilla para donar sangre, un gesto altruísta que se ve recompensado con una bebida. Copito comprobó gracias a su máster en cálculo avanzado que el denominador común de ambas propuestas confluía en la bebida. Y como hacía tiempo que no donaba sangre, lo consideró oportuno.
Con la opción escogida ya en el bolsillo, Copito caminaba por las calles de su querida ciudad hacia el destino seleccionado: el Centro de Hemoterapia y Hemodonación. Copito disfrutaba todas y cada una de las notas que se escuchaban a través de su reproductor, y en más de una ocasión, quiso cumplir su sueño de convertir su vida en un musical. Se veía cantando a Raphael encima de un banco mientras el resto de la calle hacía los coros, los niños bailaban una coreografía hecha por Lola la de Fama y su príncipe azul se dirigía hacia ella con un look emo-pijo mientras conducía un flamante Audi TT. Pero Copito no realizó su sueño porque su tarea era ir a donar sangre, así que dejó su sueño para el momento en que los Jonas Brothers sacaran al mercado un disco recopilatorio.
Tras un camino de lo más apacible, Copito llego al centro anhelado. La gente allí irradiaba simpatía, los ojos de la recepcionista parecían hacer chiribitas al ver aparecer a un cero negativo. Esa gente valora esa sangre tanto como Drácula la de sus víctimas. Tras entregar su carnet y disponer de la ficha de donación, se dispuso a rellenarla. No había estado embarazada en los últimos 6 meses, no se había hecho ningún tatuaje, no había vivido en Inglaterra por más de un año entre unos años muy raros en los que supongo que algo malo pasaría, no tenía la enfermedad congénita de nombre impronunciable, no había mantenido recientemente prácticas sexuales de riesgo y de las normales, menos. Copito era, por definición, una persona medianamente normal.
El sudor corría ya por su frente, pues estaba ansiosa por donar al mundo un poco de vida, por facilitar un trasplante de corazón, por ayudar en una operación a vida o muerte. Copito no soportaba tener que esperar, por eso su sonrisa fue tremenda cuando fue llamada a "la sala". "La sala" era ese extraño lugar en que a uno le toman la tensión, le comprueban los niveles de los componentes que forman la sangre y le preguntan a una el peso sin juzgarla.
Tras responder a las preguntas de la amable señorita, y comprobar como la tensión era correcta, llegó la hora de la prueba de hemoglobina. Para Copito era más doloroso el hecho de que le pincharan en el dedo que el hecho global de que a una le saquen casi medio litro de sangre. Pero ella no se amedrentó y extendió su dedo firme y segura. La amable señorita pinchó en el dedo, y virtió la sangre extraída en un bote lleno de un líquido azul.
La gota de sangre no se hundió. Copito sabía que algo iba mal, pues esa gota siempre tiene que caerse y llegar lo más próximo a la base del bote. Pero su gota no lo hizo. Copito comenzaba a deseperarse, no quería ver truncada su donación. Pero no todo estaba perdido, pues sabía que en esos casos existía un aparato electrónico que lo medía.
La amable señorita depositó la sangre en una pequeña placa que a su vez introdujo en el aparato. Los segundos pasaban y parecían interminables, como quien espera el veredicto de un juez. Un pitido interrumpió el silencio que se había dado entre la amable señorita y Copito. La amable señorita miró la pantalla del aparato para decir la frase que cambiaría la vida de Copito para siempre:
"Tienes la hemoglobina un poco baja, así que no puedes donar. Ve a tu médico de cabecera para que te haga una analítica, no sea que necesites un aporte extra de hierro"
Copito explotó en lágrimas en ese momento. "¿Sabe cuánta gente en estos momentos necesita ahora mi sangre, lo sabe? Mi hemoglobina está perfectamente y no me voy a fiar de una máquina que pita para dar sus resultados, es como si ahora me diese por fiarme de los pitidos que otros coches lanzan cuando me salto los semáforos en rojo, eso sería inaudito. Usted va a falsificar ese informe y hará creer a sus superiores que yo estoy perfectamente, ¿me oye? La vida de la gente no puede esperar, así que, si es necesario, sáqueme 4 litros de sangre, aunque luego me toque estar ingresada. Señorita, HE VENIDO A DONAR. ¿Lo entiende? A DONAR. No puede acabar con mi carrera de donante así como así. ¿Me entiende? ¿Me entiende?"
Las palabras de Copito se vieron ahogadas por lágrimas al no poder continuar aquello. Se sentía tan indefensa como cuando se enteró de que Amaia dejaba a la Oreja. O peor que aquella vez que su amigo invisible la abandonó por Cásper. E incluso fue más horrible que la noche en que estuvo llorando porque Chiquilicuatre no ganó Eurovisión. Copito se había hecho un ovillo y no dejaba de recitar versos en arameo en un rincón de la habitación. No quería irse de allí sin que le sacaran sangre, aunque fuese por encima de su cadáver.
Pero por desgracia, la sacaron de allí. Hicieron falta 5 agentes del orden para mover a la paralizada e indefensa Copito, sumida en la miseria tras no poder donar. Recogió con una inquietante melancolía su carnet de donante y lo tiró en la papelera de la puerta. Ya de nada le serviría. La vida había llegado a su fin ...
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... ¡hasta que llegó a la puerta! Fue pisar la calle y Copito volvió a sonreír, a coger paso ligero y a pensar en como sería el próximo capítulo del musical de su vida. Lo último que se sabe de ella es que quería meter a Umpa Lumpas que bailaran en una fábrica de hierro.
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